Sus finales fueron muy distintos: Saddam Hussein fue ahorcado el 30 de diciembre de 2006, Gaddafi murió a manos de milicianos el 20 de octubre de 2011 y Ceaușescu fue fusilado el 25 de diciembre de 1989. Noriega murió en 2017 tras casi tres décadas preso, Milošević falleció en su celda de La Haya en 2006 sin sentencia y Mugabe murió en un hospital de Singapur en 2019, dos años después de ser forzado a dimitir.
- Noriega (Panamá)
- Se entregó el 03/01/1990; murió en Ciudad de Panamá el 29/05/2017
- Saddam Hussein (Irak)
- Capturado el 13/12/2003; ahorcado el 30/12/2006
- Gaddafi (Libia)
- Capturado y muerto cerca de Sirte, 20/10/2011
- Milošević (Yugoslavia)
- Muerto de un infarto en su celda de La Haya, 11/03/2006
- Mugabe (Zimbabue)
- Dimitió el 21/11/2017; murió en Singapur el 06/09/2019
- Ceaușescu (Rumania)
- Fusilado junto a su esposa en Târgoviște, 25/12/1989
En el siglo XX hubo dictadores que se creyeron intocables porque controlaban el ejército, la prensa y el miedo de su pueblo. Algunos fueron durante años aliados útiles de Washington; otros, enemigos declarados. Lo que tienen en común los seis de esta historia es que, en algún momento, chocaron con la potencia más grande de su tiempo o dejaron de serle necesarios. Y ninguno tuvo el final que imaginaba.
Manuel Antonio Noriega: del espía útil al preso con uniforme
Noriega fue el hombre fuerte de Panamá en los años ochenta. Antes de llegar a la cima había sido jefe de inteligencia y, durante años, colaborador de la CIA: pasaba información a Estados Unidos en plena Guerra Fría mientras, según la justicia estadounidense, protegía el paso de cocaína de los carteles colombianos. Ese doble juego le dio la sensación de ser imprescindible.
La relación se rompió a finales de la década. En 1988 fue acusado de narcotráfico en tribunales de Florida, anuló las elecciones de 1989 y la tensión con Washington no dejó de crecer. El 20 de diciembre de 1989 comenzó la invasión de Panamá, la Operación Causa Justa, con unos 26.000 soldados estadounidenses. Las cifras de civiles muertos siguen siendo motivo de disputa: el Pentágono habló de unos 200; organizaciones panameñas y de derechos humanos sostienen que fueron muchos más.
Noriega se refugió en la Nunciatura Apostólica, que las tropas rodearon con altavoces que emitían rock a todo volumen día y noche. El 3 de enero de 1990 se entregó. Fue juzgado en Miami y condenado en 1992; después pasó por cárceles de Francia y, desde 2011, de Panamá. Murió el 29 de mayo de 2017 en un hospital de Ciudad de Panamá, tras complicaciones de una operación por un tumor cerebral. Su captura sigue citándose hoy como precedente: en enero de 2026, Estados Unidos capturó a Nicolás Maduro, que afronta un proceso en Nueva York y goza de la presunción de inocencia mientras no haya sentencia.
Saddam Hussein: del palacio al agujero
Saddam gobernó Irak desde 1979 con un aparato de represión implacable: purgas, torturas, desapariciones y el ataque con armas químicas contra los kurdos de Halabja en 1988. Su guerra contra Irán (1980-1988) dejó cientos de miles de muertos, y algunas estimaciones superan el millón.
El 2 de agosto de 1990 invadió Kuwait, y una coalición encabezada por Estados Unidos lo expulsó en 1991. Sobrevivió en el poder otros doce años, hasta la invasión de 2003. Bagdad cayó en abril y Saddam desapareció. El 13 de diciembre de 2003 soldados estadounidenses lo encontraron escondido en un agujero bajo una granja cerca de Tikrit, barbudo y desaliñado; las imágenes de su revisión médica dieron la vuelta al mundo.
Un tribunal iraquí lo condenó a muerte por la matanza de 148 chiitas en la localidad de Dujail en 1982. Fue ahorcado al amanecer del 30 de diciembre de 2006. Un video grabado con un teléfono móvil, con insultos de los presentes, convirtió la ejecución en un episodio polémico incluso para quienes celebraban su caída.
Muamar el Gadafi: el final en una tubería
Gadafi tomó el poder en Libia en 1969 y lo mantuvo durante 42 años. Se hacía llamar “Guía de la Revolución”, recibía a mandatarios en su jaima y financió grupos armados en medio mundo. Washington lo acusó de patrocinar atentados; en 1986 Ronald Reagan ordenó bombardear Trípoli y Bengasi, y el atentado de Lockerbie (1988) lo convirtió en un paria durante años, aunque en la década de 2000 llegó a reconciliarse con Occidente.
En febrero de 2011 la Primavera Árabe llegó a Bengasi, y el régimen respondió con una represión durísima. El 17 de marzo el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó la resolución 1973, que autorizaba una zona de exclusión aérea; la OTAN, con Estados Unidos, Francia y Reino Unido al frente, bombardeó las fuerzas del régimen y los rebeldes avanzaron.
El 20 de octubre de 2011, cuando huía de Sirte, su ciudad natal, su convoy fue atacado desde el aire. Gadafi se refugió en una tubería de desagüe, donde lo capturaron milicianos de Misrata. Los videos grabados con teléfonos lo muestran herido y golpeado; murió poco después en circunstancias que nunca se aclararon del todo. Su cuerpo fue exhibido varios días en una cámara frigorífica de Misrata y luego enterrado en un lugar secreto del desierto.
Slobodan Milošević: muerte en La Haya, sin sentencia
Milošević fue presidente de Serbia y luego de la República Federal de Yugoslavia. Durante las guerras que desgarraron los Balcanes en los noventa, sus críticos y la fiscalía internacional le atribuyeron la responsabilidad de impulsar el proyecto de una “Gran Serbia” que dejó limpieza étnica, campos de detención y matanzas como la de Srebrenica.
En 1999, por la represión en Kosovo, la OTAN bombardeó Yugoslavia durante 78 días. Ese mismo año se convirtió en el primer jefe de Estado en ejercicio acusado por un tribunal internacional. Tras perder las elecciones de septiembre de 2000 e intentar desconocer el resultado, las protestas masivas del 5 de octubre lo obligaron a dejar el poder. Fue arrestado en Belgrado en 2001 y entregado al Tribunal Penal Internacional para la ex-Yugoslavia, que lo juzgó por genocidio, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad.
Nunca escuchó el veredicto. El 11 de marzo de 2006 apareció muerto en su celda de Scheveningen, en La Haya. La investigación oficial concluyó que murió de un infarto y descartó el envenenamiento que denunció su familia.
Robert Mugabe: el libertador derribado por sus generales
Cuando Mugabe llegó al poder en 1980, tras la guerra contra el régimen blanco de Rodesia, era un héroe de la independencia africana. Con los años el héroe se volvió autócrata: elecciones denunciadas como fraudulentas, persecución de la oposición y una reforma agraria caótica a partir del 2000 que hundió la producción y desembocó en una de las hiperinflaciones más grandes de la historia.
Estados Unidos y la Unión Europea lo aislaron con sanciones dirigidas contra su círculo durante casi dos décadas. Pero su caída fue interna: cuando quedó claro que su esposa, Grace Mugabe, aspiraba a sucederlo, el ejército tomó Harare en noviembre de 2017. El 21 de noviembre, con 93 años, presentó su renuncia.
Murió el 6 de septiembre de 2019, a los 95 años, en un hospital de Singapur donde recibía tratamiento médico desde hacía meses. No estaba exiliado: su cuerpo regresó a Zimbabue y fue enterrado en su aldea natal.
Nicolae Ceaușescu: el comunista que Occidente cortejó
Ceaușescu fue el comunista que Washington quiso usar como cuña en el bloque soviético. En 1968 condenó la invasión de Checoslovaquia; en 1969 Richard Nixon visitó Bucarest y en 1978 el dictador fue recibido en la Casa Blanca por Jimmy Carter. Rumania obtuvo ventajas comerciales con Estados Unidos.
Detrás de esa imagen había un régimen asfixiante: la Securitate, el racionamiento de comida y calefacción, apagones y un culto a la personalidad desmesurado, mientras se levantaba el gigantesco Palacio del Pueblo. En los años ochenta las denuncias de derechos humanos enfriaron la relación, y en 1988 Rumania renunció a sus beneficios comerciales ante las presiones del Congreso estadounidense.
En diciembre de 1989 las protestas estallaron en Timișoara y se extendieron a Bucarest. El 22 de diciembre Ceaușescu y su esposa Elena huyeron en helicóptero, pero fueron detenidos. El 25 de diciembre de 1989, tras un juicio sumario de apenas una hora, fueron fusilados en un cuartel de Târgoviște.
Lo que enseñan estos finales
No todos cayeron de la misma forma. Noriega y Saddam fueron derribados directamente por invasiones estadounidenses; Gadafi y Milošević, por rebeliones internas apoyadas por bombardeos de la OTAN; Mugabe y Ceaușescu, por su propio ejército y su propio pueblo, con Washington como espectador que ya no tenía razones para defenderlos. Lo que comparten es que el poder absoluto que parecía protegerlos no les sirvió de nada en el momento final.
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